Ciclo Películas Nominadas 2018, Cine, Club de Cine CEAP

Film The Rider

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Ensayo de la película: “The Rider”, elaborado por Mariana Del Vallecon aportes de los integrantes del CLUB DE CINE del C.E.A.P.

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.”

En múltiples y distintos lugares comunes es posible encontrar referentes que retratan y recuerdan el proceso de despedida. De manera particular ese proceso que lleva al ser humano a interiorizar y apropiarse de ese adiós. Hacer un corte. Un borrón y cuenta nueva. Un antes y un después.


Usualmente las despedidas se visualizan con respecto a otro sujeto, alguien ajeno. A veces somos quien se queda, y otras somos quien se va.


Sin embargo con menor frecuencia pensamos en un adiós interno. En desprendernos de partes que nos conforman como personas. En despedirnos de piezas de nuestra propia humanidad.


Romper vínculos y des-apegarnos.


“Luego vendrán las sensaciones de vacío. El cuerpo mira hacia atrás, buscando retazos de su propia memoria y llegan como siempre, los recuerdos.”2


Brady no pidió ese adiós, y (pareciera justo pensar que) mucho menos lo deseó. No pudo tener control en una situación que lo afectó de manera irreversible. Ahora sin embargo se esfuerza por acatar el llamado médico al descanso y a lo que realmente debería ser: el fin del rodeo. Se esfuerza por acatar aun cuando pensar en un mundo distinto sea siempre difícil, porque es desafiar la realidad conocida, y esa realidad representa aquello que lo conforma y lo significa como ser humano.

Nos encontramos frente a un hombre que es un vaquero, un montador. Es además un hijo, un hermano y un amigo. La vida del hombre en su faceta de montador ha entrado en suspenso. Sus manos que no responden, su cuerpo que se desvanece, sin poder ir al rodeo. Un accidente, un coma. Una relación distinta hacia dentro del redondel; él junto a su caballo. Y también una relación distinta hacia afuera; con su familia, sus amigos, con su comunidad.

Un mismo hombre se bifurca en dos facetas que antes del accidente convergían. Brady ya no monta. Ya no puede hacerlo. Debe mirar hacia otro lugar. Y pareciera que se desdobla.

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Brady, el hombre. Brady, el montador.

Brady, primogénito y único hijo varón. Mantiene una relación que se percibe un poco ambivalente con su padre. Se asoman abrazos, cariño y preocupación que sin embargo, se dan en medio de masculinidades que no se permiten demasiado afecto, y cuando se dan; se dan un poco en broma, un poco con enojo. Con distancia, a veces con competencia. Es necesario leer el amor entre líneas.

La madre de Brady y Lili ya no está presente en cuerpo, sin embargo la sobreviven ambos hijos a través de su protagónica terquedad. El padre incluso deja ver su deseo de que su esposa estuviera viva, para que en lugar de dos tercos pudieran ser tres. Pese a haber tanta terquedad, ¿hubiera valido la pena de haber estado la familia completa?

Brady ha crecido en un mundo en el cual el rodeo es parte de la cultura. No hay más academia que las artes de la monta. Lo aprendió de sus padres, quienes le han enseñado todo lo que sabe. Montar es su arte, y es su talento.

Posiblemente los pocos seres vivos con los que Brady se permite afectos sin demasiadas restricciones son su hermana, su mejor amigo Lane y los caballos, con quienes particularmente tiene una conexión especial y diferente, lo que en la película llaman un don. Además los caballos no lo juzgan ni hacen preguntas. Con ellos y entre ellos hay comodidad en el silencio, hay complicidad y entendimiento.

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A lo largo de la trama vemos a un sujeto que lidia con un duelo. Son notorios los intentos de aceptación, pero muy fuertemente emerge la negación. Esta se visualiza a través de la determinación (latente en el discurso pero muy clara en el deseo) de regresar al rodeo.

Constantemente ve videos sobre monta, cuando la gente que lo conoce le pregunta si va a regresar; asegura que la pausa es temporal, y es quien se acerca nuevamente a los caballos para entrenarlos, pese al riesgo que implicaba.

Brady está enojado, está frustrado. En la escena en que está ayudando a su amigo James a mantener las posturas adecuadas de monta; lo alienta. Incluso le regala su camisa de la suerte. Pero posteriormente busca un espacio de lucha física, que se vuelve un ataque, en un despliegue de hombría casi animal. No se detiene, pese que le dan el aviso de parar porque su contrincante ya no puede más. Brady está enojado por no poder montar, y también pareciera estar enojado porque su amigo James sí puede y lo hace bien. ¿Miedo a ser destronado, o enojo al saber que el destrone es ya inminente?

Resultado de imagen para film the rider Brady y Lili

“El dolor, el odio, la depresión tienen una personalidad muy fuerte, bien definida, pesan mucho, acaban con lo que uno es.”3

Es aquí cuando se da un cambio de dirección en el protagonista. Alguien que lo quiere le demuestra empatía y solidaridad. Quien en un momento anterior minimizó la lesión y lo alentó a seguir montando, Cat le dice que debe ser duro, pero que tiene que dejarlo ir; “sino te va a comer”.

Aquí es notoria una diferencia en el discurso inicial del padre, basado en la aceptación del presente, con aire derrotista (pese a ser realista) cuando le dice: “Tienes que jugar las cartas como se lanzan. Algunas veces los sueños no son para hacerse realidad.”

El padre habla de aceptar las condiciones, el amigo habla además de no dejar de avanzar a pesar de esas condiciones.

Sin embargo Brady desafía la pausa en la monta. Regresa al rodeo. Lo considera su mandato, para eso se educó. Es lo que mejor sabe hacer. Pese a que ahora el padre le diga que no lo haga. Brady desafía la pausa en la monta, y la idea que esta tiene que acabarse. Al regresar al rodeo desafía más que la pausa, la monta, y su entorno; desafía a la vida misma.

En la escena en que padre e hijo discuten sobre ir al rodeo, hablan desde el enojo. El papá no quiere que vaya, sin embargo la monta fue lo que le enseñó a su hijo. El hijo no quiere morir, sin embargo ha perdido el rumbo sin rodeo en su día a día.

Vemos una exposición clara de una masculinidad que encuentra barreras para hablar desde el amor. Finalmente el mismo padre lo reta. Lo invita que vaya, aun cuando eso puede implicar que muera. Eso sí, haciendo la salvedad de que no lo va a presenciar. Miedo, enojo, frustración, pese a que tras de todo esto lo que subyace es el amor. Masculinades acorazadas. Construidas entre barreras. Bien resguardadas de cualquier demostración de vulnerabilidad.

Esto no nos resulta extraño, cuando pensamos que “(…) la socialización a que son sometidos los machos de la especie hace que, al ser convertidos en hombres, estos tengan que enfrentar una serie de problemas, de los cuales, en muchos casos, no tienen la menor noción. Demás está decir que muchos de los mecanismos que actúan en la socialización son incorporados por los sujetos concretos en forma inconsciente.” (Salas, 2008).

Por otro lado, los seres humanos al estar inmersos en un contexto cultural y social, participan activamente de todo el entramado de interrelaciones, aportando todo su bagaje y su herencia. Bien apuntó Freud (1921) que “la relación del individuo con sus padres y hermanos, con su objeto de amor, con su maestro y con su médico, vale decir, todos los vínculos que han sido hasta ahora indagados preferentemente por el psicoanálisis, tienen derecho a reclamar que se los considere fenómenos sociales.”

En El porvenir de una ilusión (1927) el mismo autor apuntó que era necesario “contar con el hecho de que en todos los seres humanos están presentes unas tendencias destructivas, vale decir, antisociales y anticulturales, y que en gran número de personas poseen suficiente fuerza para determinar su conducta en la sociedad humana.” (Freud, 1927).

De esta manera, Brady emprende el camino de regreso al rodeo. Empujado, rodeado y atravesado por su masculinidad construida a lo largo de su vida; y su masculinidad validada en su contexto social.

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Resulta muy llamativo que Brady estuviera dispuesto a montar con un caballo desconocido, que claramente se veía inquieto y que más bien pudo haber sido un excelente candidato para ser entrenado por él.

Resulta llamativa la mirada de desaprobación y resignación de su amigo.

Y aún más llamativa resulta la llegada de su familia. ¿Una muestra de incondicionalidad? ¿Un deseo de que el hijo no montara? o bien ¿Quizá la resignación de que sí lo haría, y era mejor acompañarlo hasta el último momento?

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En el contexto de una escena de “Un método peligroso”, Freud habla con Otto Gross acerca del proceso de una paciente, a la cual Gross describe como “razonablemente suicida”, y a quien instruye en cómo llevar a cabo su suicidio. Freud cuestiona su actuar como terapeuta, a lo que Gross le responde que la “libertad es libertad”.

Brady ciertamente la utiliza. Sin embargo cambia de dirección nuevamente. Le dice adiós a amigo, quien ahora le da una mirada esperanzadora y de tímida felicidad. Se despiden con respeto. Brady no es menos por decidir irse. Sigue siendo un “cowboy”.

Se dirige a su familia. Se abrazan. Se despide así también del rodeo y la monta. Parece haber hecho las paces. Hay otras formas de masculinidad y otras formas de humanidad.

Cabe cuestionarse, hasta qué punto era necesario el nivel de tensión alcanzado por Brady y su padre, para que ambos cedieran y adoptaran posiciones más basadas en el afecto. Esa última discusión es el punto cúspide de las divergencias paterno-filiales, antes de que ambos den marcha atrás, y se neutralice lo que pudo ser un desenlace fatal.

El cierre de la película valida la certeza de que los caminos pueden continuar, pese a que sean diferentes o nuevos e inexplorados. Quizá Brady realmente nunca estuvo desdoblado, sino experimentando los matices inherentes al ser humano y todo aquello que convergía en su interior. Íntimo, particular, propio. Quizá es que decir adiós no es necesariamente negativo. Bien dicen también que “poder decir adiós es crecer”.

 

“Menuda colección de cicatrices la suya. Nunca olvide quién le produjo las mejores y sea agradecido, nuestras cicatrices tienen la virtud de recordarnos que el pasado fue real.”

 

 

Fuentes

Chase, Alfonso. 1967. Los juegos furtivos.

Freud, Sigmund. 1927. El porvenir de una ilusión, p34.

Freud, Sigmund. 1921. Psicología de las masas y análisis del yo, p1.

Jiménez, Juan Ramón. 1918. Eternidades.

Mora Rodríguez, Virgilio. Mano a Mano. 1998.

Salas Calvo, José Manuel. La Psicología, la masculinidad y el trabajo con hombres. Revista Costarricense de Psicología, vol. 27, núm. 40, p54. 2008.

https://www.dcine.org/frase-de-anthony-hopkins-como-hannibal-lecter-will-el-dragon-rojo

NOTAS:

1 Poema presente en el libro Eternidades.

2 Fragmento del libro Los juegos furtivos.

3 Fragmento del libro Mano a Mano.

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